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11 de diciembre de 2013

Speculum




Cuando miré su semblante luego de besarnos apasionadamente, no pude evitar lanzar una carcajada, el bello rostro de mí esposa estaba manchado de labial, formando una especie de maquillaje de payaso. Ella se reía conmigo sin saber el porqué, pero cuando le dije que se mirara en un espejo los estragos producidos por nuestro beso, se negó, y abrió su bolso rápidamente en búsqueda de un pañuelo. Pero yo continué riendo e insistiendo que viera por si misma su cara manchada. Seguíamos muertos de la risa, cuando una amiga que, casualmente estaba sentada en la mesa contigua y además, estaba muy atenta a nuestra conversación, sin preguntar siquiera, puso un espejo frente al rostro de mi amada. Instantáneamente se hizo el silencio. No había nada en el espejo. Ella no tenía reflejo.

1 comentario:

Ángel Saiz dijo...

Un relato que comienza en modo festivo y progresivamente torna en inquietante, dejando al final un poso de sorpresa. Muy buena lectura. Un saludo.