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13 de noviembre de 2013

El monstruo Comelibros


Yo disfruto mucho leyendo en la micro*, creo que es la mejor manera de transformar un viaje tedioso en algo entretenido. Pero hoy, para mi mala suerte, me encontré con un voraz monstruo Comelibros y como su nombre lo dice, se alimenta de libros. Y cuando huelen que llevas uno, estás obligado a dárselo inmediatamente, porque dicen las malas lenguas que si te niegas, podría devorarte a ti primero. Pero son sólo habladurías, porque en realidad los monstruos Comelibros son buenos y cada vez que uno de ellos se engulle un texto, éste es transformado en su estomago en varias pequeñas copias del original que luego defecan. Por lo que su voracidad a es un aporte a la cultura y las letras del mundo.

Se sentó a tres puestos frente a mí, y no lo vi subir aunque su enorme monstruosidad ocupaba dos asientos. Yo estaba inmerso en la lectura del final de una novela policial, que detuve alarmado, al percatarme de su presencia. Sólo atiné a meter rápidamente mi libro en la mochila y mirarlo disimuladamente. Podía observar la espalda de su enorme cuerpo, cubierto de un fino pelo color chocolate y su mollera peinada en medio como si fuera un libro abierto. Los monstruos Comelibros no tienen un cuello que divida su cabeza del resto de su tronco y lo que podríamos llamar su cara, la conforman unos ojos pequeños y una boca enormemente ancha cubierta de pequeños dientes. Sus brazos delgados no evidencian la habilidad de sus movimientos y sus piernas largas parecen incapaces de soportar ese voluminoso cuerpo. Como vestimenta, los Comelibros llevan un monóculo muy característico y su única prenda de vestir, son unos pantalones a rayas finas que tienen por su frente, un prendedor metálico con la inicial de su nombre y a modo de adorno dos botones enormes a cada lado. Después de unos minutos, y al ver que no se movía, albergué la esperanza de que él también iba distraído y no había visto ni olido mi libro.
De pronto, los ojos del Comelibros aparecieron en su espalda y me miraron fijamente a través de su monóculo. El miedo me paralizó y no atiné a decir ni hacer nada. Él se levantó, dio un par de pasos y alargó su mano lentamente. Yo saqué el libro de mi bolso y se lo entregué resignado. Él emitió un gruñido que se podría traducir en algo así como: "Dame tu dirección por favor para enviarte una copia de mi caca". Yo le alargué mi tarjeta de visita y él me guiño el ojo sin monóculo. Luego, en un movimiento hábil de su mano, se metió el libro dentro de su enorme boca y con sus miles de pequeños dientes lo trituró, sin dejar escapar ni una brizna de papel. Entonces dio media vuelta, emitió un gruñido de satisfacción y se devolvió a su asiento con algo parecido a una sonrisa en su rostro.
Tres días después recibí en mi casa una copia de mi libro con un mensaje que decía: "El asesino es míster Williams, ¡ja, ja, ja, ja! :P  Atte. A.".


*Abreviación de microbús, forma muy utilizada en Chile para designar a la locomoción colectiva (N. del A.)

1 comentario:

elisa lichazul dijo...

es cierto, el comelibros siempre viaja en el transporte público
y a veces se parece a una que miro en el espejo jajaja

creo que todos llevamos un pequeño comelón dentro en esos interminables viajes a Stgo
(acá es una hora fijo en bus, en metro un poquito menos, pero allí somos sardinas)

abrazos y felicitaciones
me gustó este mosntruo