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2 de abril de 2014

El regalo perfecto




A mi amigo R.Z.Z.

Salí esta mañana en búsqueda de un regalo de cumpleaños para un amigo muy querido. Me bajé del metro en estación plaza de armas y comencé a recorrer sin rumbo las interminables galerías del centro de la ciudad, sin tener muy claro qué le compraría. Pensaba, que en cuanto viera el regalo perfecto lo sabría, así que me permití vagar, inspeccionando cada vitrina como si fuera un arqueólogo desenterrando una momia.

Me detuve en varias tiendas, donde ofrecían cosas que serían un perfecto presente para mí, pero no el adecuado para mi amigo, así, revisaba aquí y allá los artículos, intercambiaba un par de frases amistosas con los vendedores o los clientes, incluso en una librería me hice un nuevo amigo, y quedamos de ir a tomar un café y hablar sobre George Simenon. En otra tienda de dulces, una mujer me dió su número de teléfono y me regaló una preciosa sonrisa al salir, nunca leí la nota, porque el dueño de la tienda me la quitó de las manos, y no pude arrebatársela al maldito viejo. Ofuscado, continué mi camino, y entré en otra tienda, donde se ofrecían todo tipo de productos naturales, incluido un relajante shampoo de cannabis sativa. No recuerdo cómo, ni cuándo salí de la tienda, pero volví en mí, en la puerta de un cabaret de mala muerte, con un tipo guiándome dentro de la mismísima boca del lobo, di media vuelta, y salí corriendo. Me detuve a varías cuadras, frente a una iglesia, lo sentí como una señal divina y entré a pedir perdón por los pecados que casi cometí, aunque no quería cometerlos. Salí con esperanzas renovadas, ahora si encontraría el regalo perfecto.

Contradiciendo toda mi filosofía anti-monopolio, entré en una enorme tienda. Había un aroma embriagante, una música suave, edulcoradas señoritas y varones, me ofrecían ayuda con lo que necesitara, pero ellos no podían ayudarme en nada, ellos no conocían a mi amigo, ellos no sabían nada de él. Entonces, sólo entonces, me pregunté a mi mismo ¿Cuánto lo conocía yo? La verdad es que nunca me había hecho esa pregunta, y la respuesta, fue una pregunta ¿saber lo que le gusta a alguien es conocerlo? Quizás. Seguí mirando los estrechos pasillos, atiborrados de uniformes fabricados en tallas estándar y lustrosos artículos electrónicos. Nada de eso me gustaba, nada me evocaba esas tardes de pool, ni esas conversaciones idiotas sobre el amor, o la esperanza de un mundo mejor. Salí a la calle y, sobre una manta verdosa y sucia, un vendedor ambulante, ofrecía relojes de lujo, a un precio ridículo. Otro vendedor más allá, gritaba: ¡Lleve la moda, lleve la moda! No era aquí donde encontraría el obsequio, quizás hubiera algo en mi casa, o quizás podría hacer algo con mis manos. En realidad, ya estaba cansado, tenía hambre y el sol, por algún motivo, no me había esperado y ya se escondía tras los edificios.

Obstinado, volví al inicio me compré dos completos y una bebida en el portal Fernández Concha, los comí lentamente, mientras observaba a los travestis que llegaban a sus labores nocturnas, tan coquetos y ladinos como siempre. Una de esas matronas, brillante y alegre como bola de discotheque, me hizo un gesto con el dedo indice para llamar mi atención, me acerqué un poco desconfiado, pero en cuanto vi sus ojos, lo supe. Sacó desde su bolso enorme: un precioso barco dentro de una botella. "Éste es el regalo", le dije.



1 comentario:

Amanda Espejo dijo...

Bueno tu relato. Con sus toques urbanos casi surrealistas, hace dudar al lector acerca de la intención del personaje. ¿Desea realmente hacer ese regalo? ¿Existe el amigo? ¿Podría ser él mismo? Como está dedicado, presumo que sí, pero como sabes, cada obra es interpretada por el receptor según su sensibilidad y comprensión. ¿Viste? Me hiciste pensar.

Bien, amigo.