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16 de abril de 2014

Ana y el mar



Ana paseaba plácidamente por la playa. Miraba de vez en cuando las huellas que dejaban en la arena sus pies. Algunas de éstas, las borraban las olas y otras no, por lo que parecía, que ella se materializaba sólo en ciertos momentos; y así se imaginó a si misma: caminando, mirando sus pies, luego sus huellas, luego al horizonte y luego desapareciendo.

Sintió una profunda alegría al contemplar el mar, y se adentro en él. Luego pensó que, sería una buena idea seguir caminando. El agua le llegaba a los hombros, pero no se detuvo, y continuó, alegre, feliz, renovada. De pronto, descubrió que todo se veía más nítido bajo el agua, todo era más verdadero, más honesto. Ahora nadaba, usando graciosamente su nueva cola de pez. Unos metros atrás, estaba su antiguo cuerpo: flotando y diluyéndose en el agua. Continúo nadando, siempre adelante, sin temor. Ahora, no tenía nada que temer, sabía que ellos entenderían en algún momento, que ella, nunca perteneció a de su mundo.



1 comentario:

Amanda Espejo dijo...

Tan bien que trabajas la psicología femenina. ¡Claro que es posible! No me costaría nada sentirme como Ana.

Saludos, querido amigo.