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7 de febrero de 2014

Pickle


El capitán cerró todos los picaportes de la pesada puerta de su habitación y además la atrancó colocando un enorme armario y su escritorio frente a ésta, una vez lista la barricada, se sentó a descansar mientras contaba los sacos de comida, el agua y las municiones del cañón amontonados contra las paredes. Los malditos idiotas podrían armar un motín, pero se morirían de sed y hambre a menos que recalaran en el puerto más cercano, entonces él podría escapar y bajar a escondidas a buscar algunos buenos mercenarios sedientos de sangre para recuperar su adorado barco. El capitán los conoce bien, son un montón de piratas tan idiotas como malolientes, ahora sólo le queda descansar y esperar atento. Cerró los ojos y se desató la pata de palo para poder acariciar su adolorido muñón, entreabrió los ojos cuando escuchó el aleteo de su loro Pickle, pero cuando los abrió por completo ya era tarde, el maldito pajarraco ya apretaba el gatillo del arma mientras gritaba: ¡idiota!



3 comentarios:

Pablo Romero P. dijo...

Moraleja, no confíes en el perico.
Muy interesante, a a veces nos preocupamos de erigir templos, ciudades enteras para resguardarnos y protegernos, pero nuestra perdicion podría estar en ello mismo, elevando un muro invisible frente a los demás.

arjex dijo...

Gracias por los comentarios y en verdad, nunca confíes en el perico :D

elisa lichazul dijo...

triste soledad paranoica

abrazos