Aún no cantaban los gallos cuando llegamos a las chacras. Encendimos una fogata y tomamos un café. El fuego y sus colores fueron mi falsa alborada hasta que mientras bebía el último sorbo de mi taza, un amanecer esplendoroso me saludó tras los cerros. Los gallos cantaron alegres y los fantasmas escondidos en la neblina huyeron despavoridos...podíamos comenzar a trabajar.
Dedicado a mi papá José Luis















































