
Subí de sopetón al metro, embutido por la masa humana, cuando te vi a unos centímetros de mi rostro, te pedí disculpas y me guiñaste un ojo dulcemente, entonces, te pregunté tu nombre, un poco incomoda me dijiste que Andrea, y miraste un poco hacia atrás, como señalándome a un señor que extrañamente se parecía a ti, pero antes de bajar me entregaste una tarjeta con tu nombre y tu teléfono. Así fue como conocí a su madre, hijos míos, así que no se quejen tanto por el transantiago, quizás les traiga el amor.